Torre Vigía

Entrevista

JOSÉ EDUARDO TORNAY

Currículum.

José Eduardo TornayJosé Eduardo Tornay es un narrador y articulista algecireño nacido en 1968. Se licenció en Derecho por la Universidad de Granada, y en Ciencias Políticas y Sociología por la UNED. Ha publicado una recopilación de prosas titulada "A la sombra de los bloques" (2000), y numerosos textos, de diversos géneros, en periódicos, revistas y libros. Su más reciente aportación es un ensayo sobre aspectos sociales y literarios de los centros comerciales aparecido en la revista Zut, de Málaga. Figuró como coeditor y participante en la selección de narradores del Campo de Gibraltar que, bajo el título de “Café negro”, publicó la Diputación de Cádiz. También ha obtenido varios premios literarios y ha participado en los jurados de algunos de los certámenes literarios de narrativa que se convocan en la comarca.

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La entrevista impertinente.

Al escritor algecireño José Eduardo Tornay se le pondera en las esferas literarias de nuestro entorno como una de las plumas más sagaces, originales y cultas en muchas millas a la redonda. Diríase que él siempre sabe contemplar la realidad con unos ojos tan nuevos como poco inocentes, y eso se concrete en un escepticismo vitriólico que a veces se reviste con las falsas sedas del candor. Cuando le propuse enfrentarse a este cuestionario impertinente, y pese a no conocer el contenido de las preguntas, aceptó la prueba sin dudarlo. Para ser más exactos, sólo puso una condición. Durante la entrevista deberíamos tratarnos de usted. De acuerdo, trato hecho. Éste es el resultado.

José Eduardo Tornay constituye una firma literaria que empieza a sonar más allá de nuestras modestas fronteras comarcales. ¿Es usted un autor que está subiendo como la espuma?

No lo creo. Muchos opinan que el fin de la literatura está cercano, de modo que el literario podría ser un ámbito en el que ascender fuera un modo inverso de caer a plomo. En cualquier caso, considero una parte fundamental de la escritura la búsqueda de lectores, lo cual exige franquear esas fronteras imaginarias a las que se refiere.

¿Qué es lo mejor que han dicho de usted como escritor? ¿Fueron halagos merecidos o detrás de todo ello únicamente se hallaba la benevolencia de los amigos?

Hace unas semanas, el concejal de cultura de Algeciras me presentó en el norte de Marruecos, en Río Martil, como un gran narrador, con una obra importantísima, magnificando mis supuestos méritos. Yo creo que detrás de aquellas palabras debió haber la benevolencia, si no la hipérbole, de algún amigo. Alguna vez han dicho de mis escritos que son inteligentes. Juan Luis Romero Peche dijo que cualquier cosa que escribiera me saldría bien, y Manolo Ruiz Torres, que soy un buen medio centro contenedor, no sé como interpretarlo.

Siempre se le ha notado cierta fruición en torno al hecho de publicar, ¿existe una erótica de la letra impresa?

Tengo inéditos un par de libros, por tanto si alguna vez he tenido prisa por publicar últimamente la he limitado. En cualquier caso, me parece natural el contacto remoto con los lectores, y es lo que justifica este hábito.

Es usted un autor original, posee un universo literario bien diferenciado y su imaginación no necesita estímulos ilegítimos. Pero, aun así, nadie está libre de influencias. ¿Cuáles son las que está usted dispuesto a reconocer?

Reconozco cada vez más influencias, incluso podría rastrear el tono de un autor distinto en cada frase que he escrito. Pero hay algo peor, que yo vinculo con la senectud –usted me confirmará o no esa sospecha-: últimamente encuentro que hay autores a los que no había leído y que me han estado influyendo, secretamente, desde que comencé a emborronar cuartillas. Incluso algunos más jóvenes que yo, que han logrado torcer la trayectoria de mi mano antes de escribir sus textos de referencia. Me ha ocurrido con algunos autores estadounidenses que he descubierto hace poco: George Saunders, John Updike, Chuck Palahniuk, David Sedaris, David Foster Wallace, Don DeLillo, Thomas Pynchon, Nicholson Baker. A la inversa, aspiro a ir influyendo en algunos textos del pasado que creo merecen mi incidencia: "Trópico de Capricornio", de Henry Miller, "Santuario", de William Faulkner, "La Saga/Fuga de J.B.", de Torrente Ballester, "El Castillo", de Franz Kafka, "Bouvard y Pecuchet", de Gustave Flaubert, "El libro del desaosiego", de Fernando Pessoa o "Cristo versus Arizona", de Cela, lo están reclamando a gritos.

¿Pertenece usted al género de los autores que escriben historias para consumar con la imaginación todo aquello que en la vida real no se atreverían a realizar?

Me sucede al contrario. La mayor parte de las veces la vida nos envuelve en circunstancias y tramas que no hubiéramos sospechados de niños y que nos inoculan una cierta sensación de vértigo implosivo. Muchas veces recuerdo las ficciones que elaboraba a esa edad sobre cómo se desarrollaría mi vida y me alegro concluyendo que la práctica fue mucho más rica y más variada que el plan. Con frecuencia siento la nostalgia de que no voy a ser capaz de expresar en su intensidad y mucho menos en su extensión el inmenso regalo del mundo. La vida, cualquier vida, la suya y la mía, excede los límites de la biblioteca mejor nutrida. Afortunadamente.

¿Cuál es su mejor personaje? ¿Por qué?

Me gustaría decir que el narrador de mis textos es una buena persona o, al menos, una persona única. A eso dedico mis esfuerzos. De todos modos, de lo escrito hasta ahora tengo la impresión de que Carrillo Fowler, el personaje de la novela corta que se mantiene inédita me tiene que dar algunas alegrías: es un derrotado, pero no lo sabe. Es un cínico, pero no se vanagloria de su distancia. Es un sinvergüenza, pero sufre por otras causas. Es un inmoral: tiene éxito en el sexo, pero fracasa en el amor.

Se le considera un autor muy mordaz a la hora de enjuiciar las costumbres de estos tiempos que nos ha tocado vivir. ¿Es su crítica simple mordedura venenosa sin trastienda o detrás existe una forma encubierta de compromiso? ¿Sirve la literatura para cambiar el mundo?

Me gusta el tiempo en el que vivo. A lo mejor la estética dominante reclama cierta nostalgia del pasado pero no creo que esté justificada. Mi pasado personal y el pasado colectivo, moral, coinciden en ser merecedores del mismo juicio: mejor sería olvidarlos que reeditarlos. Pero esa consciencia no me lleva a la complacencia de velar lo mejorable, de bendecir lo criticable. Usted mismo ha escrito que donde vuele un halcón debe haber, al menos, la posibilidad de que una flecha intercepte su vuelo. Precisamente la bondad de nuestro tiempo facilita la multiplicación de aves ociosas, presas fáciles para los canallas, que nos sobrevuelan. Por otra parte, la estupidez abunda, y no siempre es soportable.

¿Con qué escritor importante de la literatura universal daría cualquier cosa por tomar un café? ¿De qué le hablaría?

Tomo café a veces con algunos escritores residentes en esta zona, y no los cambiaría por otros: Fuertes, Orfila, Guerrero, el propio Ojeda y usted mismo. No me importaría que se sumaran grandes ingeniosos, como Ramón Gómez de la Serna o Truman Capote, polemistas feroces, como Valle-Inclán o Nabokov, o fabuladores de la talla de Cunqueiro o de Borges. Lo más probable es que se aburrieran con nosotros, en cualquier caso.

También se le aprecia como articulista. Las preocupaciones que denotan sus columnas desprenden ciertos aires tecnocráticos muy vinculados a los desasosiegos de la burguesía postmoderna. ¿Es usted, en el fondo, un "yupi" de la literatura?

Pensar en términos colectivos, sociales, me parece los más antitético a ese modelo de triunfador individualista al que se refiere. Me interesa la sociedad, porque es mi ámbito y el de cualquiera. La tecnología es el signo que nos abarca, el matiz de nuestro discurso y el continente de nuestros anhelos. Sin embargo, todavía llama la atención que alguien pretenda hacer literatura con ese mimbre. Si otro prefiere temas musicales, plásticos o esa manía de lo cinematográfico nadie le afea la antiliteratura. Pero si se escribe sobre la sociedad, nos pueden señalar con el dedo. El propio Cabrera Infante lo dijo una vez: la misma palabra sociología es bastarda, pero él no paraba de hacer literatura de la nostalgia, de la historia, de la política, del recuerdo de la Cuba precastrista.

¿Ha leído el Quijote o le aburren los clásicos?

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Lo leí en la primera juventud, con placer y asombro. Y, sí, tengo mi propia lista de clásicos: unos cuantos autores a los que uno se impone la voluntad de leer y que no desfraudan ese empeño: Dostoievski, Proust, Kafka, Joyce, Valle, Stendhal, Flaubert, Montaigne, Dante, Mandeville, Chaucer, ..

Se le considera un tipo bastante brillante. ¿No le resulta doloroso comprobar que el mundo es de los mediocres?

El mundo es de todos por igual: del que ejerce el derecho de pernada y del que pide limosna a la puerta del supermercado. Temo más mi propia mediocridad que la de los que me rodean. Envidio la libertad del que duerme al raso y compadezco la agenda del magnate. Añoro un tiempo sin lucha que no he conocido y, como Álvaro de Campos, soy consciente de que no hay metafísica como las chocolatinas, que todas las religiones enseñan menos que la confitería.

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